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Historias con vino: E.A.Poe y el amontillado

El barril de amontillado (“The Cask of Amontillado”), es un cuento del escritor estadounidense Edgar Allan Poe publicado por primera vez en 1846, y que todo buen aficionado a los vinos de Montilla-Moriles debe conocer, como referencia literaria de inestimable valor.

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Poe nos sitúa con su relato en plenos carnavales de una indeterminada ciudad italiana del siglo XIX. Montresor, un noble de la época, busca a Fortunato con ánimo de vengarse de una pasada y evidentemente no olvidada humillación. Un venganza planificada al milímetro y cuyo éxito residía precisamente en la impunidad en la que debía quedar, esencia para el autor del arte de la venganza en sí misma. Ello da idea del estado anímico de Poe en esa etapa de su vida.

Volviendo al cuento, para llevar a cabo la venganza, “un barrril de amontillado”  que Montresor había adquirido constituye el cebo infalible para atraer a su presa, Fortunato, al cual busca y encuentra en la plenitud del carnaval, ya algo ebrio. En la festiva situación no le resulta difícil convencerlo para que lo acompañe a su palacio con el pretexto de darle a probar el nuevo vino comprado y aún no pagado que guardaba como tesoro en lo más profundo de su bodega, y del que quería saber su opinión ante la posibilidad de haber sido engañado.

Para saborear mejor su venganza, de camino a palacio, Montresor juega continuamente con el ego de Fortunato, que se tenía por un sabedor con talento en materia de vinos. Refuerza aún más su engaño haciendo referencias constantes tanto a la posibilidad de abandonar la especial “cata” a la que se dirigían como a llamar a otra persona, Luchesi, también entendida en vino, que podría hacer igualmente esta labor de asesoramiento.

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Es en este momento donde aparece una cuestión interesantísima que nos ilustra sobre la alta consideración que de nuestro vino existe en la época, y es la afirmación de Fortunato, en referencia a su mayor conocimiento de los vinos “añejos”, diciendo que “… Luchesi no sabría distinguir un Jerez de  un amontillado”. La referencia que hace de sí mismo Fortunato como entendido, no hace sino realzar la importancia de los  sutiles matices diferenciadores en el amontillado, que sólo los muy experimentados logran captar con plenitud.

Téngase en cuenta, que de camino al lugar donde se encuentra el barril de amontillado, una auténtica catacumba en el Palacio de Montresor, y con idea de incrementar aún más la embriaguez de Fortunato, van probando algunos de los grandes vinos franceses que nos indican la sapiencia del autor en la materia. Por el laberinto de pasillos subterráneos beben vinos de Mèdoc y Graves, “…sustraídas las botellas de entre las muchas apiladas por doquier…”

Lo conduce finalmente a las catacumbas del palacio y allí consuma su venganza, en el punto justo donde se supone el barril de vino, esposándolo con unos grilletes anclados al muro de piedra y emparedándolo a continuación, para los restos. De tan tremendo relato, resulta penoso que para conseguir llevarlo a tan fatal destino tuviera que utilizar un elemento tan atractivo y poderoso al que su víctima no se pudo negar, como si de la fatal manzana se tratara:  un barril de amontillado.

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El vino de la “Canoa”existe y con él Santiago Granados. 

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Hoy he tenido la suerte de ser invitado a una comida organizada por la Peña Los Maniquiles en LA ALMIRIYYA, a través de mi amigo César Cabrera. Además de la magnífica comida, hemos tenido ocasión de probar un excelente vino, que aún se recupera de leves heridas sufridas allá por noviembre, a veces incompresibles incluso para los enólogos, pero afortunadamente ya goza de buena salud.

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Al hilo de la conversación sobre el vino con Jesús Granados, quién me comenta que es su hermano Manolo, enólogo, es quien curaba las heridas de tan preciado tesoro, y por esa “manía mía de preguntarlo todo”, he tenido ocasión se conocer y recordar a su padre Santiago Granados Álvarez, que en paz descanse: Practicante de Medicina y cirugía, Virgen de linares, Federación de Peñas, Asociación de Patios, Diario Córdoba, Hermandad del Bacalao. constructor del primer edificio de 8 plantas en Córdoba (Colón)Y la Canoa. Vinos de Moriles que muchos cordobeses recuerdan y que aún existen en pequeñas guaridas sólo para los más afortunados.

La Canoa, toma su nombre del peculiar embudo que se utiliza para rellenar las botas. Estuvo situada en el céntrico pasaje de Ronda de los Tejares número 18, fue una bonita taberna con decoración sobria y elegante. Las botas de vino tenían destacada presencia en este local y eran utilizadas también como mesas en torno a las cuales se bebía de pié. Los vinos eran de Moriles y el tapeo a base jamón ibérico de Jabugo, caña de lomo de Guijuelo y excelentes quesos.

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Hermandad-del Bacalao

Hoy hemos bebido  y disfrutado ese vino de la Canoa y aprendido de quiénes nos han dejando estas joyas como herencia. Nuestra obligación: conservarlas en perfecto estado y darlas a conocer a nuestros hijos. con mucha mucha paciencia.